Relato de dos casos

A modo de ejemplo presento dos casos de personas que atravesaron el proceso para superar el temor a conducir

 

 

    Según estudios realizados en España por la Fundación MAPFRE, el 66 % de las personas que tienen algún tipo de miedo a manejar, son mujeres. En Argentina no hay estadísticas realizadas al respecto, pero las personas que me consultan por el método para perder el miedo a manejar, el 90 % son del género femenino. ¿Es posible que haya tanta diferencia en el porcentaje en relación a España? No podemos saberlo, es posible pero también se puede suponer que las mujeres consultan más que los hombres por este tema. La hipótesis  de que los hombres consultan menos que las mujeres por el miedo a manejar está sustentada en que, el acto de manejar es una actividad que, en el imaginario, social el hombre no puede dejar de realizar.

         Las consultas hechas por las mujeres con temor a manejar son, en su gran mayoría, por aprendizajes tardíos, es decir después de los 30 años de edad. En general estas mujeres no tuvieron acceso a un auto en su adolescencia o primera juventud, sea por motivos económicos o porque sus padres – esto es lo más frecuente -  se negaron a enseñarles a conducir. También otro porcentaje importante es por malas experiencias de aprendizaje sea con un familiar o con instructores de autoescuelas. 

         En cambio en las consultas realizadas por hombres, aunque pocas, se puede ver que son otros los motivos de aparición del temor. En estos casos se puede ver que en ellos el miedo aparece luego de haber manejado durante algún tiempo, en algunos casos durante años.

         Quisiera relatarles dos casos a modo de ejemplo, uno de una mujer y otro de un hombre.



 


 

 

      El caso del hombre a quien llamaremos P. se caracteriza por haber aprendido a conducir desde muy joven, obtuvo su licencia a los 18 años y manejó ininterrumpidamente por el lapso de 5 años. A los 23 años aparece en él un súbito temor mientras manejaba por una autopista. A partir de allí ese temor fue derivando en episodios repetidos de ansiedad generalizada, es decir que lo que en un principio y fue sólo manejar en una autopista, luego se fue ampliando progresivamente a pasar por túneles, cruzar vías hasta directamente no poder manejar en ningún tipo de tránsito. A partir de allí su fobia fue tomando otros aspectos de su vida, tales como su vida social (no quería asistir a reuniones sociales) o incluso la dificultad de concurrir a su trabajo. A partir de allí comenzó terapia psicológica y psiquiátrica por lo que con el tiempo los síntomas se fueron revirtiendo, al punto de quedarle sólo el temor a manejar en autopistas, justo el lugar donde aparecieron sus primeras señales de ansiedad. Cuando me consulta, a los 33 años P. había recuperado su vida normal en cuanto a relaciones sociales y trabajo, y también manejaba sin ninguna dificultad por calles, avenidas, túneles, etc. pero había quedado ese temor, como un punto de fijación, que con el proceso de pérdida del miedo a conducir pudo enfrentar en forma progresiva y superar para lograr el objetivo de manejar nuevamente en vías rápidas.

         El caso de la mujer, a quien llamaremos S. se trata de un caso típico, por lo frecuente, de quien intenta aprender a conducir después de los 30 años. Ella hace su primer curso y rinde con éxito su examen. Al intentar salir a manejar en la calle se encontró con un primer obstáculo, su marido sólo le permitía usar el auto si él iba acompañándola. Obviamente en estas primeras salidas su esposo le encontraba muchos errores que se encargaba de resaltar haciendo que S. fuera perdiendo interés en salir con su auto y su marido. Pensó que la mejor manera de ganar experiencia y destreza en la calle era contratar un instructor con un vehículo doble comando para poder despegarse del “boicot conyugal”. Realizó un curso con el instructor y el auto doble comando pero cuando lo finalizó y quiso salir a manejar se topó con que su vehículo era distinto, por lo que le costaba mucho adaptarse al mismo, que ya no tenía la confianza suficiente porque ya no estaba acompañada por alguien que le dijera cómo resolver las dificultades de la calle. Al llegar a consultarme, había logrado que su esposo le cediera el auto para poder realizar el proceso conmigo. Antes de finalizar el proceso realizamos algunas técnicas para que el pasaje de manejar acompañada a hacerlo sola no fuera tan dificultoso y de esa forma sentirse confiada para salir a conducir a la calle.

         Estos casos son sólo dos ejemplos que tienen características comunes con muchos otros, pero a la vez ningún caso es exactamente igual a otro y cada uno de ellos debe ser abordado con la singularidad que corresponde.



Hasta la próxima!



Lic. Omar Alzugaray